Muchos médicos están preocupados
porque la salud se va asimilando a un bien de consumo
Convertir problemas y contingencias comunes de la vida, como el
envejecimiento, la timidez, la menopausia, la tristeza o la soledad, en
enfermedades que pueden tratarse con fármacos es una de las argucias
utilizadas por la industria farmacéutica para vender mejor sus productos.
Pero no es la única. Además, algunas dolencias leves se hacen pasar por
graves, se inflan las estadísticas de prevalencia (número de casos), se
convierte un factor de riesgo en una enfermedad... Y todo ello, a menudo,
de forma combinada, con el apoyo de médicos líderes de opinión y la
utilización de los medios de comunicación, en campañas dirigidas tanto a
médicos como a consumidores.
Los laboratorios farmacéuticos no se limitan a hacer publicidad de sus
fármacos, sino que además promocionan las enfermedades a las que se
dirigen. Este fenómeno, en pleno auge, ha sido bautizado en la literatura
anglosajona como disease mongering, que podría traducirse como
promoción de enfermedades.
Esta táctica "convierte en enfermos a los sanos, malgasta preciados
recursos y origina dolor iatrogénico [causado por los médicos y las
medicinas]", resumen el periodista Ray Moynihan y el farmacólogo David
Henry, ambos de la Universidad de Newcastle (Australia), en el último
número de la revista PLoS Medicine, que incluye una serie de
trabajos sobre disease mongering. Los defensores de esta práctica
comercial argumentan que las compañías farmacéuticas se limitan a
suministrar información al consumidor y que si luego se receta o no el
fármaco es un asunto que incumbe a médico y paciente.
Pero muchos médicos están preocupados porque la salud se asimila cada
vez más a un bien de consumo. En ocasiones, los pacientes parecen clientes
informados que buscan satisfacer una necesidad de salud creada por la
industria farmacéutica, igual que la automovilística creó, por ejemplo, la
necesidad de los todoterrenos.
"Se diría que, como los personajes de Pirandello que buscan autor,
algunos fármacos están en busca de aplicación, y la encuentran en procesos
que tienen más que ver con el simple hecho de vivir que con auténticas
enfermedades", afirma el médico de familia Pablo Alonso Coello, del Centro
Cochrane Iberoamericano, en Barcelona. "Existen campañas dirigidas a
consumidores y a médicos que preconizan que la solución a esos problemas
se encuentra en la farmacopea y no en los propios recursos de la
persona".
Un asunto crucial, como indica este médico, es que las enfermedades
empiezan a ser definidas por las empresas: "La construcción social y
científica de la enfermedad está siendo sustituida por la construcción por
parte de las corporaciones".
El experto en disease mongering Ray Moynihan, que ha codirigido
este mes un primer congreso médico sobre este tema, sugiere que es
necesario empezar a estudiar más a fondo el fenómeno y a desarrollar
estrategias y metodologías que generen datos sobre su verdadero
impacto.
Uno de los ejemplos mejor conocidos es la medicalización de la
sexualidad humana y sus problemas. La historia del sildenafilo (Viagra) es
la de la transformación exitosa de un medicamento en un producto de
consumo: el fármaco es eficaz y seguro para tratar la impotencia, pero
también puede ser utilizado por una población más amplia. Su lanzamiento
comercial fue precedido de una intensa cobertura informativa sobre la
disfunción eréctil, alertas sobre su enorme prevalencia, los problemas que
causa a los afectados y las buenas expectativas de los tratamientos.
La posterior "creación y promoción de la disfunción sexual femenina es
un caso de libro de promoción de enfermedades por parte de la industria
farmacéutica y otros agentes medicalizadores, asegura Leonore Tiefer,
profesora de Psiquiatría en la Facultad de Medicina de Nueva York.
En la serie de artículos que se publica en PLoS Medicine se
alerta de que la industria farmacéutica se está infiltrando en las
escuelas (por ejemplo, informando a los profesores sobre el trastorno por
déficit de atención e hiperactividad); coloniza Internet con páginas que
informan al consumidor a la vez que promocionan ciertas enfermedades; crea
y financia asociaciones de pacientes para que se familiaricen con sus
tratamientos y los reclamen; utiliza los medios de comunicación para que
la gente se sienta enferma (ejemplo: el síndrome de las piernas
inquietas), y está transformando a los pacientes en consumidores,
erosionando así el papel del médico como experto.
La promoción de enfermedades es un fenómeno que todavía está en fase de
maduración, según Moynihan, que participará en el congreso anual de la
Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (SemFYC), del 15 al
18 de noviembre de este año en Valencia. Y está convencido de que las
cosas no cambiarán de forma apreciable hasta que los responsables
políticos tomen conciencia del problema y comprendan los posibles
beneficios de ponerle freno.